NAMASTÉ



"Yo honro el lugar dentro de ti donde el Universo entero reside. Yo honro el lugar dentro de ti de amor y luz, de verdad, y paz. Yo honro el lugar dentro de ti donde cuando tú estás en ese punto tuyo, y yo estoy en ese punto mío, somos sólo Uno."


Un día me levanté y ví que algo había cambiado a mi alrededor, en mi. Me inundaba una serena sensación de Paz y Amor por todo lo creado. Una simple florecilla me parecía entonces lo más hermoso y más grande en su perfección. La sonrisa de un niño, las lágrimas de un anciano... Mirarme a mi misma en el espejo... El mundo en sí parecía tener colores de recién pintado.

Al principio, yo no entendía a que podía deberse aquel cambio que sólo yo parecía ver. Nadie a mi alrededor parecía ser consciente de que todo a su lado brillaba de otra manera excepto yo. Llegue incluso a pensar si no estaría volviéndome loca, pero no. Simplemente había tomado conciencia de quien soy.

Poco a poco, al principio con paso inseguro y un tanto sola, fui iniciando mi camino. Buscaba a ciegas información en los sitios mas insospechados. Era como si una voz interior me guiase. (No puedo dejar de sonreír ante este comentario: "una voz interior".) Lejos estaba entonces de saber que era precisamente eso lo que me impulsaba a seguir.

Pronto comencé a conocer a gente que se encontraban en mi misma situación. Pronto comenzaron a aparecer en mi vida personas, Almas de Luz, que me fueron guiando, ayudando, consolando cuando tropezaba y caía y empujándome cuando parecía que iba a desistir en mi labor.

Comprendí que significaba haber DESPERTADO. Comprendí la tarea que tenía por delante para llevar a buen puerto la misión que se me encomendó. Aprendí lo ya sabido de nuevo, como si fuera de nuevo un bebe recién nacido. Viaje en mis sueños a las ciudades de sanación.

Ahora sé que soy Amor porque provengo del AMOR del PADRE y que como tal, estoy para difundir ese mismo Amor por todo lo que ÉL creó. Que mi meta está en ir evolucionando hacía la perfección y en ayudar a aquellos de nuestros hermanos que comiencen su caminar como un día fui ayudada yo.


*********


Por todo esto puedo y debo deciros:


Yo soy Drisana, la hija del Sol.


Ese es el significado de mi nombre, al menos el nombre más antiguo que recuerdo haber tenido en esta dimensión desde la primera vez que encarne en mi amada Lemuria.


En este aquí y ahora he vuelto de renacer, he despertado a la verdad y he recordado. Me he reconocido en cada un@ de mis herman@s. He reaprendido a amar al Padre-Madre y a toda su Sagrada y Divina Creación.


Y he sentido el llamado ancestral que anclado en lo más profundo de mi Esencia, me empuja a ayudar e iluminar desde la humildad de mi Ser y como persona humana, al resto de mis herman@s que ya están despertando.


Es tiempo de volver a Ser aquello que tan profundamente duerme dentro de nosotr@s. Tiempo de abrir los ojos del Alma, de avivar la llama imperecedera del AMOR Incondicional que se guarda en la cámara mas secreta de nuestros corazones. Tiempo de reconocer nuestra parte Divina. Tiempo de entender que como parte de la más Pura Luz del PADRE, tenemos un trabajo que hacer, una misión que cumplir.


Es tiempo de regresar al Hogar.


¡Despertar!


Llegó la hora de volver a ser Unidad con el UNO y de brillar con su Infinita Luz.


Desde la LUZ y con el AMOR más puro y profundo, os pido que repitáis conmigo:


YO SOY el/la que YO SOY y como tal me manifiesto en la Serena Paz, la Pura Luz y el Infinito Amor Incondicional del PADRE-MADRE.


YO SOY el/la que YO SOY



Que la LUZ del PADRE ilumine siempre nuestros corazones y junto con sus Ángeles y Arcángeles, seamos dignos y capaces de llegar al mismo centro de SU corazón,


La Paz y el Amor con nosotros.


Drisana

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viernes, 11 de septiembre de 2020

EL CUENTO DE LATIF, por Jorge Bucay



Latif era el pordiosero más pobre de la aldea. Cada noche dormía en el zaguán de una casa diferente, frente a la plaza central del pueblo.

Cada día se recostaba debajo de un árbol distinto, con la mano extendida y la mirada perdida en sus pensamientos. Cada tarde comía de la limosna o de los mendrugos que alguna persona caritativa le acercaba.

Sin embargo, a pesar de su aspecto y de la forma de pasar sus dias, Latif era considerado por todos, el hombre más sabio del pueblo, quizás no tanto por su inteligencia, sino por todo aquello que había vivido.

Una mañana soleada el rey en persona apareció en la plaza. Rodeado de guardias caminaba entre los puestos de frutas y baratijas buscando nada.

Riéndose de los mercaderes y de los compradores, casi tropezó con Latif, que dormitaba a la sombra de una encina. Alguien le contó que estaba frente al más pobre de sus súbditos, pero también frente a uno de los hombres más respetados por su sabiduría.

El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo:

– “Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.”

Latif lo miró, casi despectivamente, y le dijo:

– “Puedes quedarte con tu moneda, para qué la querría yo? ¿Cuál es tu pregunta?

Y el rey se sintió desafiado por la respuesta y en lugar de una pregunta banal, se despachó con una cuestión que hacía días lo angustiaba y que no podía resolver. Un problema de bienes y recursos que sus analistas no habían podido solucionar.

La repuesta de Latif fue justa y creativa.

El rey se sorprendió; dejó su moneda a los pies del mendigo y siguió su camino por el mercado, meditando sobre lo sucedido.

Al día siguiente el rey volvió a aparecer en el mercado. Ya no paseaba entre los mercaderes, fue directo a donde Lafit descansaba, esta vez bajo un olivar. Otra vez el rey hizo una pregunta y otra vez Latif la respondió rápida y sabiamente. El soberano volvió a sorprenderse de tanta lucidez. Con humildad se quitó las sandalias y se sentó en el suelo frente a Latif.

– “Latif te necesito,” le dijo. “Estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltara nada, que serás respetado y que podrás partir cuando quieras… por favor.”

Por compasión, por servicio o por sorpresa, el caso es que Latif, después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.

Esa misma tarde llegó Latif al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos doscientos metros de la alcoba real.

En la habitación, una tina de esencias y con agua tibia lo esperaba.

Durante las siguientes semanas las consultas del rey se hicieron habituales.

Todos los días, a la mañana y a la tarde, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida o sobre sus dudas espirituales.

Latif siempre contestaba con claridad y precisión.

El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey. A los tres meses de su estancia ya no había medida, decisión o fallo que el monarca no consultara con su preciado asesor.

Obviamente esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo-consultor una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses materiales.

Un día todos los demás asesores pidieron audiencia con el rey. Muy circunspectos y con gravedad le dijeron.

– “Tu amigo Latif, como tú llamas, está conspirando para derrocarte.”

– “No puede ser” dijo el rey. “No lo creo.”

– “Puedes confirmarlo con tus propios ojos,” dijeron todos. “Cada tarde a eso de las cinco, Latif se escabulle del palacio hasta el ala Sur y en un cuarto oculto se reúne a escondidas, no sabemos con quién. 
Le hemos preguntado a dónde iba alguna de esas tardes y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.”

El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones.

Esa tarde a las cinco, aguardaba oculto en el recodo de una escalera.

Desde allí vio cómo, en efecto, Latif llegaba a la puerta, miraba hacia los lados y con la llave que colgaba de su cuello abría la puerta de madera y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.

– “Lo visteis” gritaron los cortesanos, “lo visteis?”

Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.

– “¿Quién es?” dijo Latif desde adentro.

– “Soy yo, el rey,” dijo el soberano. “Ábreme la puerta.”

Latif abrió la puerta.

No había nadie allí, salvo Latif.

Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien.

Sólo había en el piso un plato de madera desgastado, en un rincón una vara de caminante y en el centro de la pieza una túnica raída colgando de un gancho en el techo.

– “¿Estás conspirando contra mi Latif?” preguntó el rey.

– “¿Cómo se te ocurre, majestad?” contesto Latif. “De ninguna forma, ¿por qué lo haría?”

– “Pero vienes aquí cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que buscas si no te ves con nadie? ¿Para qué vienes a este cuchitril a escondidas?”

Latif sonrió y se acercó a la túnica rotosa que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey:

– “Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía eran esta túnica, este plato y esta vara de madera” dijo Latif. “Ahora me siento tan cómodo en la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que me das y tan fascinante el poder que regala mi lugar a tu lado… que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de QUIÉN SOY Y DE DÓNDE VINE”.


Jorge Bucay


sábado, 15 de diciembre de 2018

OBSTÁCULOS, por Jorge Bucay


OBSTÁCULOS
por Jorge Bucay


Voy andando por un sendero.

Dejo que mis pies me lleven.

Mis ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras. En el horizonte se recorta la silueta de una ciudad.

Agudizo la mirada para distinguirla bien. Siento que la ciudad me atrae.

Sin saber cómo, me doy cuenta de que en esta ciudad puedo encontrar todo lo que deseo. Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis ambiciones y mis sueños están en esta ciudad.

Lo que quiero conseguir, lo que necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería el mayor de mis éxitos.

Me imagino que todo eso está en esa ciudad. Sin dudar, empiezo a caminar hacia ella. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me canso un poco, pero no me importa. 

Sigo. Diviso una sombra negra, mas adelante, en el camino. Al acercarme, veo que una enorme zanja me impide mi paso.

Temo... dudo.

Me enoja que mi meta no pueda conseguirse fácilmente. De todas maneras decido saltar la zanja. Retrocedo, tomo impulso y salto... Consigo pasarla. Me repongo y sigo caminando.

Unos metros más adelante, aparece otra zanja. Vuelvo a tomar carrera y también la salto. Corro hacia la ciudad: el camino parece despejado. Me sorprende un abismo que detiene mi camino. Me detengo. Imposible saltarlo.

Veo que a un costado hay maderas, clavos y herramientas. Me doy cuenta de que están allí para construir un puente.

Nunca he sido hábil con mis manos... Pienso en renunciar. Miro la meta que deseo... y resisto.

Empiezo a construir el puente. Pasan horas, o días, o meses. El puente está hecho. Emocionado, lo cruzo. Y al llegar al otro lado... descubro el muro. Un gigantesco muro frío y húmedo rodea la ciudad de mis sueños...

Me siento abatido... Busco la manera de esquivarlo. No hay caso. Debo escalarlo. La ciudad está tan cerca... No dejaré que el muro impida mi paso.

Me propongo trepar. Descanso unos minutos y tomo aire... De pronto veo, a un costado del camino un niño que me mira como si me conociera. Me sonríe con complicidad.  

Me recuerda a mí mismo... cuando era niño.  

Quizás por eso, me animo a expresar en voz alta mi queja: -¿Por qué tantos obstáculos entre mi objetivo y yo?   

El niño se encoge de hombros y me contesta: -¿Por qué me lo preguntas a mí?

Los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras... Los obstáculos los trajiste tú.



- 26 cuentos para pensar - 

Jorge Bucay -


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***Muchas veces tropezamos con los obstáculos que erróneamente pensamos que fueron puestos por otro, sin percatarnos que somos nosotr@s mismos los que los construimos...


Drisana

lunes, 11 de diciembre de 2017

LA ÚLTIMA HOJA, por Jorge Bucay


LA ÚLTIMA HOJA
por Jorge Bucay

Esta historia transcurre en la Francia de 1900, en los comienzos de un durísimo invierno.

Marie era una niña de 11 años que vivía en una antigua casa parisina. Desde que el frío se había hecho sentir, ella empezó a quejarse de un intenso dolor en la espalda que se volvía intolerable al toser. Cuando el médico fue a verla, le dio su madre el diagnóstico que más temía: tuberculosis.

En esa época, todavía sin antibióticos, la infección era casi una garantía de muerte. Lo único que los médicos podían hacer era recetar algunos paliativos para el dolor, cuidados generales, reposo… y fe.

-Estos pacientes – como casi todos- les dijo el profesional – tienen más posibilidades de curarse si luchan contra la enfermedad; si Marie dejara de pelear por su vida, moriría en algunas semanas – y luego agregó, sabiendo que era más un deseo que un pronóstico -. Estoy seguro de que si la mantenemos calentita, bien alimentada y con muchos deseos de vivir, cuando el invierno pase, ella estará fuera de peligro y la tuberculosis será sólo un mal recuerdo.

Cuando el doctor se fue, la madre de la niña miró el calendario. Faltaban todavía dos largos meses para que llegara la primavera…

Sabiendo que ninguno de sus compañeros de clase vendría a verla, por el comprensible aunque injustificado temor al contagio, la madre se llegó hasta la escuela de Marie para rogarle a la maestra a que se acercase a casa a darle algunas clases, no tanto por el aprendizaje como por emplear algo de su tiempo de encierro y aburrimiento. La maestra le dijo que no podía hacerlo. Lo sentía, pero había cuatro niños en el curso en la misma situación, ella no podía ocuparse de ellos, debía cuidar de los que todavía asistían a clase.

Al día siguiente, mientras colgaba guirnaldas caseras por la casa tratando de contagiar la alegría que no sentía por las fiestas, la madre vio la pálida cara de su hija y la tristeza reflejada en su expresión. Fue entonces cuando tuvo la idea. Con la ayuda de la casera, se ocupó esa mañana de mover todos los muebles de la casa para poder llevar la cama de Marie junto a la ventana de la sala que daba al pequeño patio central compartido. Desde allí, pensó la madre, por lo menos verá ese pequeño patio interior, el ciprés en el centro del jardín, las enredaderas en las paredes, las ventanas de los otros dos edificios. Seguramente, se dijo, se distraerá aunque sea viendo a la gente pasar de ida y de vuelta de sus ocupaciones o de sus compras de fin de año.

Entrado enero, el invierno se volvió más y más frío, y con ello la niña se agravó. Más de una noche un ataque de tos terminó con vómito de sangre y la consiguiente desesperación de la pobre jovencita y de su madre.

Una mañana al volver de la compra, la madre encontró a Marie con la mirada perdida de cara al ventanal. Nada tenía que ver ya esa niña con la Marie que ella recordaba de a penas unas semanas atrás. La madre la abrazó con fuerza sosteniendo la cabeza de su hija contra su pecho, tratando de que su hija no se diera cuenta de que lloraba. La niña señaló hacia el patio y le dijo:

-Mira, mami, ¿ves esa enredadera en la pared del edificio de enfrente? Hace semanas estaba llena de hojas, algunas más verdes, otras más amarillas. Mírala ahora qué pocas hojas le quedan. Acabo de pensar que cuando la última de las hojas de la enredadera caiga, mi vida también llegará a su fin.

-No tienes que pensar en eso- le dijo su madre, acomodando las almohadas y secándose las lágrimas de espaldas ala niña-. En primavera, de todas las enredaderas surgen nuevas hojas y la vida verde vuelve a nacer.

-Pero son otras hojas…- pensó la jovencita sin decirlo.

La enfermedad seguía su curso con altas y bajas, pero cada vez que el médico venía a visitarla veía cómo el ánimo de la paciente decaía en la misma magnitud que su estado general.

Hasta que una mañana la madre descubrió a Marie muy interesada, mirando hacia arriba por la ventana. Sin querer interrumpir, la madre se acercó con cuidado tratando de ver qué es lo que llamaba la atención de su hija. Se trataba de un joven pintor que, junto a su ventana en el tercer piso del edificio de frente, pintaba con colores vivos imágenes de París: Notre-Dame, Montmartre, el Moulin Rouge…

Por primera vez en muchos días, la madre vio a Marie entusiasmada alegre. La madre compartía esa alegría, algo por fin había captado su interés, quizás ella pudiera convencer al joven pintor para ayudarla.

Esa misma tarde la madre cruzó hacia el edificio y llamó a la puerta del artista. Cuando el joven y estrafalario artista abrió, le contó que era la madre de una niña que vivía en la planta baja, en el edificio de enfrente, le dijo que padecía una grave enfermedad, y lo que el médico había dicho.

-Lo siento mucho, señora- dijo el pintor –pero no entiendo para qué ha venido a contarme todo esto.

-Vine a pedirle que se acerque a darle algunas clases de dibujo, o de pintura a Marie. A ella siempre le interesó el arte, ¿sabe usted? Si usted pudiera bajar a casa de vez en cuando a charlar con Marie… yo, por supuesto, le pagaré lo que pida…- y con un tono de ruego terminó diciendo-. Su vida ¿sabe?, quizá depende de que usted acepte el encargo.

No por el dinero sino por la pena que le daba la imagen de la niña que ya había visto desde la ventana, el joven artista empezó a bajar un día sí y otro también a casa de Marie, llevando consigo algunas telas, carbones y colores para hablar de pintura y para animar a la joven a que utilizase su tiempo en cama para dibujar y pintar.

Durante las siguientes semanas, creció entre ellos una extraña amistad.

Una tarde, cuando el pintor bajó a verla, Marie lloraba en su cama.

-¿Qué sucede, mon cher?- le preguntó.

Marie le contó de su relación con la enredadera y luego le dijo:

-Ayer, después de que te fuiste, hubo mucho viento y muchas hojas cayeron. Cuando la tormenta pasó conté las hojas que quedaban. De las miles que había entre sus ramas sólo quedan veintiocho. Yo sé lo que eso significa: si se cayeran todas hoy, no habría un mañana para mí.

El pintor intentó convencer a Marie de que esa asociación era una tontería:

-La vida seguirá de todas maneras- le dijo -, no debes pensar jamás así. Tienes que practicar las escalas de colores y dibujar las manzanas que te pedí; si no, nunca llegarás a exponer. De hecho, gracias a haber practicado mucho en mi vida me ha llegado una invitación para exponer mis pinturas en América.

-¿Te irás?- preguntó Marie, sin querer escuchar la respuesta.

-Volveré en Mayo como muy tarde- le dijo el pintor-. Allí, si has practicado iremos a pintar en al campiña, recorreremos los museos y te enseñaré a pintar con óleo.

-No sé si estaré cuando regreses, pintor- contestó Marie-. Depende de la enredadera.

El artista, encariñado con la jovencita, la abrazó y prefirió no hablar de esa fantasía. Sólo la besó en la frente y le dejó indicaciones de qué hacer para estar ocupada hasta que él regresase.

Cuando se fue, Marie sintió como si el mundo se le derrumbara y en un negro presagio vio como, mientras el pintor cruzaba hacia su casa, el viento arrancaba de la enredadera tres hojas de golpe y las dejaba caer violentamente en el patio.

Desde ese día, cada mañana la niña controlaba desde su ventana la cantidad de hojas que quedaban en la enredadera… y cada mañana registraba un agudo dolor en el pecho cuando comprobaba que, durante la noche, alguna de sus acompañantes había caído para siempre.

-¿Qué pasa, hija?- le preguntó su madre, después de una agitada y febril noche.

-Mira, mamá- dijo Marie, señalando por la ventana-. Sólo quedan tres hojitas: una abajo junto al cuadro, otra en mitad de la pared y una más solita, arriba de todo, al lado de la ventana del pintor. Tengo miedo, mamá.

-No te asustes- contestó la madre, con una convicción que no tenía-. Esas hojitas van a aguantar; son las más fuertes, ¿entiendes? Sólo faltan dos semanas para que llegue la primavera.

La mirada divertida de Marie se transformó en la oscura expresión de un obsesivo control de las pobres tres hojitas. Y una noche de febrero, en medio de una feroz tormenta de viento y lluvia, la hoja del medio se soltó de su amarra y voló lejos. Marie no dijo nada pero redobló sus rezos para pedirla al buen Dios que protegiera sus hojitas.

-Mamá- gritó una mañana -. Mamá, ven.

-¿Qué pasa, hija?

-Queda sólo una, mami, sólo una. La de debajo de todo se cayó anoche. Me voy a morir, mami, me voy a morir. Por favor abrázame, tengo miedo, mamita. Mucho miedo.

-Hay que tener fe, hijita- dijo la madre tragando saliva y reprimiendo el llanto de su propio miedo-. Además, faltan pocos días para la primavera y todavía queda una hoja. Es la hoja campeona ¿sabes?

-Sí, pero hace un rato la vi temblar… Tápame, mamá, tengo frío.

La madre la arropó con sus mantas y fue a buscar unos paños húmedos. La niña tenía mucha fiebre.

Cada momento que Marie estaba despierta miraba por la ventana a la única hoja que todavía resistía. En la punta de la enredadera, la pequeña hoja marrón verdoso se aferraba solitaria a su base, y la niña, al verla, cruzaba instintivamente los dedos pidiéndole que resistiera para que ella también pudiera salvarse.

Y la hoja resistía.

Nieve, lluvia y viento.

Pasaron los días y la hoja aguantó…

Hasta que una mañana, mientras Marie miraba su esperanza, vio que un rayo de sol iluminaba la hoja, y descubrió que a su lado y más abajo en la enredadera pequeños botones verdes habían empezado a aparecer.

-Mami, mami, la hoja ha resistido, llegó la primavera, mami. ¿No es maravilloso?

La madre corrió junto a su hija y la abrazó con lágrimas en sus ojos. Ella no pensaba en la enredadera sino en su hija, que también se había salvado.

-Sí, hija, es maravilloso.

Pasaron los días y la niña comenzó a recuperar sus fuerzas muy despacio.

En la primera salida a la calle que el médico autorizó, Marie corrió al edificio de enfrente para preguntar por su amigo el pintor.

La casera se sorprendió al verla, quizás porque no era habitual que alguien sobreviviera a la tuberculosis.

-Me alegro de que estés bien- le dijo mientras la besaba con sincera alegría-. Tu amigo todavía no ha vuelto, pero me ha asegurado que en unas semanas lo tendremos por aquí. Mandó esto para ti.

Y remetiendo la mano en su escote, le alargó una carta para ella:

PARA ENTREGAR A MI AMIGA MARIE

“Hola, Marie.

Tal como ves, todo ha pasado.

Para cuando leas esto faltarán días para retomar nuestras clases de pintura.

Yo he comprado nuevos colores y pinceles; así que quiero regalarte los que fueron míos.

Dile a la casera que te abra mi apartamento y llévate mis cosas.

Practica mucho, recuerda las manzanas… y las escalas de colores.”

La niña saltaba de alegría. Después de pedir la llave a la casera, subió a la pequeña buhardilla a por sus pinturas.

Una vez allí, se acercó a recoger el atril que estaba, como siempre, junto a la ventana. Mirando hacia fuera vio, desde arriba, su propia cama en el edificio de enfrente.

Sin pensarlo, Marie abrió la ventana e instintivamente buscó a su amiga la hoja heroica, la que aguantó todo, la más fuerte de todas las hojas…

Y la vio.

Allí estaba en la pared, a un lado, muy cerca del marco de madera de la ventana.

Allí estaba. Pero no era una hoja verdadera, era una hoja que había pintado en el ladrillo su amigo el pintor…



Jorge Bucay

jueves, 29 de octubre de 2015

LA CÁRCEL IMAGINARIA (Jorge Bucay)


LA CÁRCEL IMAGINARIA
(Jorge Bucay)

Mucha gente cree que es característico del sabio escapar de la sociedad, huir a la montaña, refugiarse en la cueva. El verdadero sabio nunca escapa de la sociedad, más bien se aleja en un intento, siempre doloroso, de renunciar a su identidad.
Durante miles de años hombres y mujeres hemos vivido presos, y a nuestras prisiones le hemos puesto bellos nombres: las llamamos templos, religiones, partidos políticos, ideologías, cultura, civilización, escuelas de psicoterapia, empresa exitosa, fama, poder, honores.

Por hermoso que sea el nombre de la prisión y por bien que se viva en tu cárcel, tú sabes que estás preso, porque quienquiera que viva conforme a una idea que lo condiciona es su prisionero.

Aunque tu celda sea de primera clase, aunque el patio sea tan grande que tus ojos no lleguen a ver los muros, aunque la atención en la prisión sea de cinco estrellas, aunque te prometan permisos de salida cada vez más frecuentes, aunque las cadenas sean transparentes y no pesen demasiado comparándolas con las de otros, aunque sea una prisión que aparentemente tú elegiste, aunque compartas la celda con aquellos a los que más quieres...

Aunque tú no quieras saberlo... Estás preso.

Nunca entraste en la prisión. Naciste allí y te ordenaron quedarte cuando todavía no eras consciente (y posiblemente aún no lo seas del todo).

Te condicionaron para que estudiaras, trabajaras, te enamoraras y casaras dentro de la cárcel.

Te entrenaron y te hipnotizaron para que no pudieras ver los barrotes.

Te condicionaron para que creyeras que solamente allí estarías protegido.

Te dijeron que después de todo era lo mejor a lo que podías aspirar.

El día que te enteres de dónde estás, e intentes decirlo en voz alta, los otros, tus compañeros de prisión, te dirán que es mentira. Y te dirán que la verdadera cárcel está fuera de esos muros. Y llorarán al cielo echando maldiciones para todos los que han intentado mostrarte otra verdad.

Y te dirán que la libertad no existe y que fuera está el infierno.

Te mostrarán que allí dentro puedes realmente tener todo lo que desees (menos libertad, claro). Tratarán de seducirte con premios y aplausos para que quieras 

Te ofrecerán dinero, sexo y lujos, condiciones "especiales" porque (te dirán) tú eres especial.

Y para impedir que te vayas, te amenazarán con castigo y tortura si no aceptas su oferta.

Y, si de todas maneras te vas, quiero que sepas que... saldrán a buscarte.

Porque tú eres una amenaza.

Vendrán por ti para llevarte de regreso o para mostrar tu cadáver a todos y demostrar con eso que la vida fuera es imposible.

Pero no desesperes, no te asustes... Una vez libre, si tú no quieres, nadie puede encerrarte.



Extraído de “El Camino de Shimriti”, de Jorge Bucay.

viernes, 11 de septiembre de 2015

LA PÉRDIDA Y EL DUELO por Jorge Bucay


LA PÉRDIDA Y EL DUELO 
por 
Jorge Bucay


Un duelo se produce NO SOLO por la muerte de un ser querido.

A lo largo de nuestra vida, las pérdidas constituyen un fenómeno mucho más amplio, y para bien o para mal, universal.

Perdernos no solo a través de la muerte sino también siendo abandonados, cambiando, siguiendo adelante. Incluyen nuestras pérdidas renuncias conscientes o inconscientes de nuestros sueños románticos, la cancelación de nuestras esperanzas irrealizables, la pérdida de nuestras ilusiones, de nuestra juventud (que nos hacía creer que éramos ajenos a las arrugas, invulnerables e inmortales).

Todas estas vivencias implican una pérdida, pero gracias a haber perdido algunas cosas hemos ganado algunas otras.

No hay ganancia importante que no implique de alguna forma una renuncia, un costo emocional, una pérdida. 

CRECIMIENTO: Estas pérdidas forman parte de nuestra vida, son constantes universales e insoslayables (no podemos esquivarlas). 

Y son PÉRDIDAS NECESARIAS porque crecemos a través de ellas.

De hecho, somos quienes somos gracias a todo lo perdido y a como nos hemos conducido frente a esas pérdidas. Las pérdidas tienden a ser problemáticas y dolorosas, pero sólo a través de ellas nos convertimos en seres humanos plenamente desarrollados. Se evoluciona y se aprende desde las frustraciones. Nadie puede moverse hacia su madurez sin dolor (que es algo distinto del sufrimiento).

Son experiencias imprescindibles y parte de nuestro crecimiento.
No hay una pérdida que no provoque necesariamente un crecimiento personal.

Nadie crece desde otro lugar que no sea haber pasado por un dolor asociado a una pérdida.

Nadie crece sin tener conciencia de algo que ya no es.

APEGO: Una pérdida también se produce cuando decido dar algo mío.

En esta vida voy a tener que deshacerme del contenido de mi taza para poder llenarla de nuevo, como decía Krishnamurti, una taza solo sirve cuando está vacía.

Me enriquezco cada vez que yo lleno la taza, pero lo hago también cada vez que la vacío y abro la posibilidad a llenarla de nuevo.

Cuanto mayor sea el apego que siento a lo que estoy dejando atrás, mayor será el daño que se produzca a la hora de la separación, a la hora de la pérdida, a la hora de vivir el duelo, mayor será el sufrimiento que padezca.


Mucha gente cree que no aferrarse significa no amar o no comprometerse, es un concepto que no comparto pero entiendo, aunque tiene el mismo sentido que pensar (engañosamente) que si tu pareja no te da celos es que no te quiere. La manera de no padecer “de más” NO ES no amar, “de menos” sino aprender a NO quedarse pegado a lo que no está cuando el momento de la separación o de la pérdida nos toca. La manera de disfrutar de esto es hacer lo posible para que sea maravilloso, mientras dure.


AUTOR: Jorge Bucay


jueves, 3 de abril de 2014

DECÍDETE POR LA FELICIDAD por Jorge Bucay


DECÍDETE POR LA FELICIDAD
por
Jorge Bucay


¿Estás verdaderamente conforme con la vida que estás viviendo? Si respondes que no o si dudas, ¿qué debería cambiar? A muchas personas les cuesta enfrentarse a esta pregunta tan sencilla como crucial. Algunos hasta se saltarán este editorial tratando de eludir la cuestión o lo leerán haciéndose los distraídos, como esperando que la vida misma les responda pero temiendo en el fondo que cuando la respuesta llegue, sea tarde para corregir el rumbo.

Hay muchas personas, quizá demasiadas, que llevan vidas aparentemente llenas de éxito, pero que son infelices por tener que llevar un estilo de vida muy distinto del que les hubiera gustado vivir. Éstas son las frustraciones que terminan sepultadas debajo de una profunda tristeza o escondidas en una adicción al trabajo o disimuladas en una pose cínica o, en el mejor de los casos, enmascaradas en vidas aparentemente “exitosas” pero, a la hora del balance interno, nada satisfactorias.

Hay momentos en la vida que parece empujarnos a ese balance de lo hecho y de la forma de hacerlo. La compra de una casa, el nacimiento de un hijo, una oferta importante de trabajo, cumplir cuarenta o cincuenta años, una amenaza de divorcio, la jubilación, la noticia de una enfermedad grave -sea nuestra o de algún ser querido-, y hasta algunas “buenas” noticias como la boda del menor de nuestros hijos o el nacimiento de un nieto. Casi siempre llegamos a la conclusión de que podríamos haber hecho mejor uso del tiempo y nos entristecemos de ese previsible “descubrimiento”. Como dice Simone de Beau-voir en la fuerza de las cosas, “al revisar mi historia me encuentro siempre, más acá o más allá, algo que nunca se ha cumplido”.


Reflexión y cambio


Lo difícil, en todo caso, es ser capaces de no quedarnos anclados en el sabor amargo de lo que pudo ser y no fue. Animarnos a traspasar la tristeza de los fracasos y las muchas limitaciones, hasta conseguir aprender de los propios errores. Un aprendizaje que sólo llega si somos capaces de abordar esta conciencia con ilusión y deseo de cambiar; sin ignorar aciertos pasados y sin despreciar los empeños que, aunque no resultaron del todo exitosos, valieron la pena. 

La reflexión sobre la propia vida, aunque nos resulte tediosa y hasta amenazante a veces, es lo único que nos permitirá una visión más trascendente de las cosas. Esta visión más profunda y sosegada es condición para no perder el rumbo, es necesaria para impedir que las preocupaciones cotidianas o la carrera contra el tiempo nos desvíen la atención de lo realmente valioso, es imprescindible para no dejar que lo urgente postergue a lo importante.

Quiero compartir contigo el recuerdo de un viaje imaginario que, de la mano de mi terapeuta, hice a ojos cerrados hace años. Había llegado a mi sesión a la hora convenida y traía conmigo la angustia de una indecisión. Paralizado por la mezcla de incertidumbre, miedo y tristeza, todo mi mundo parecía acompañar mi estado de ánimo. ¿Qué hacer? ¿Con qué criterio? ¿Cómo saber si iba a tomar el camino correcto?

Utilizando la palabra “camino” como disparador, mi terapeuta me propuso pensar en mi vida como si fuera exactamente eso, un camino. Como otras veces, me pidió que cerrara los ojos y que me viera a mí mismo en un cruce de caminos. Que me imaginara que era un viajero que debía decidir qué camino tomar sin más datos que los que la situación le mostrara.

Sabiendo que la única forma de sacar partido de un ejercicio es comprometiéndose sinceramente con la tarea, me zambullí en el juego y me vi allí de pie, frente a media docena de caminos que se abrían en abanico, y sin tener idea de cuál sería el más adecuado para mí. Compartiendo mis pensamientos en voz alta con mi terapeuta, me quejé de que, una vez más, no había nadie allí a quien pedirle un consejo, posiblemente como velado reclamo a mi terapeuta por no ayudarme a decidir…


Escoger un camino


Con la decisión en mis hombros, me di cuenta de que, en principio, podía elegir entre dos opciones: podía tomar cualquier camino al azar y recorrerlo hasta el final -alegrándome de mi buena suerte si resultaba ser un buen camino o, en caso contrario, lamentándome por haber malgastado una parte de mi vida- o podía, también, aunque era evidentemente más trabajoso, tratar de descubrir antes de empezar cuál sería el mejor camino para mí. Planteado de esa manera, supe de inmediato que no querría confiar mi futuro al azar. Me senté en una roca y mire los caminos buscando señales de lo que podría encontrar al recorrerlos. El que primero me llamó la atención fue un camino que se abría a mi izquierda. Era toda una invitación a lo gozoso. A lo lejos se escuchaban risas y exclamaciones de placer. Las numerosas huellas en la tierra suave indicaban que muchos de los caminantes que habían pasado por allí lo habían elegido rápidamente. El aroma de las flores y los colores del cielo parecían augurar todo el gozo que se pudiera imaginar.

El camino que se abría un poco a mi derecha no era tan ostentoso, pero parecía el más holgado y prometedor. Adiviné que si lo tomaba tendría, por lo menos por un tiempo, acceso cómodo a todo lo que se puede comprar con dinero. Era de lo más tentador, pero el primero también lo era.

Justo entonces noté que había en el cruce un único cartel. Tenía forma de flecha y señalaba al tercer camino. Decía simplemente “Éxito”. Supe que si optaba por él podría tener acceso a todo el reconocimiento, la gloria o el aplauso que quisiera.

Un camino, bastante más a mi derecha, se escondía rápidamente detrás de una colina. Más allá, aparecía y desaparecía entre la espesura. Era un camino que planteaba muchísimas dudas, aunque eso no era motivo para descartarlo. Esa mezcla de curiosidad y temor me resultaba familiar.

En el diván de la consulta, sentía que el tiempo pasaba y que yo no acababa de decidirme. Como pasa en la vida real, por un momento pensé que debía darme prisa e inmediatamente vi, en mi ensueño, el camino que se abría a mis pies. Era el camino de los que deciden por urgencia y no por convicción, así que lo descarté.

Entonces recordé que había contado por lo menos seis caminos cuando llegué al cruce. ¿Dónde estaba el último? Nacía casi a mis espaldas, y era un sendero que a los pocos metros trepaba por una pequeña ladera que misteriosamente parecía hacerse más llana al avanzar hacia arriba. Este último sendero no ofrecía muchas pistas de adonde conducía y, sin embargo, algo de él me atraía más que los otros.

A petición de mi terapeuta imaginé que empezaba a recorrerlo. Al poco tiempo de caminar, descubrí que el recorrido era tan maravilloso como sorprendente: prismas de colores, flores extrañas y animales que nunca había visto aparecían ante mis ojos.

Sin querer me encontré pensando que a mi abuelo, el que me contaba cuentos cuando era pequeño, le hubiera encantado conocer un lugar así. No había terminado de decirlo cuando me lo encontré. Estaba allí sentado en su taburete de madera, fumando uno de esos cigarrillos que él mismo se liaba. Entonces me di cuenta. Ese camino, el que había elegido, era el camino de los sueños. Miré a mi abuelo y él me dijo adiós con la mano alentándome a seguir.

De allí en adelante la cuesta se hacía otra vez más empinada, pero mis pies parecían volverse cada vez más ágiles y mi paso cada vez más seguro. La fuerza de mis sueños empujaba mi marcha y las vistas desde lo alto eran cada vez más hermosas.


Errar, aprender, gozar


Abrí los ojos y me encontré con la mirada de mi terapeuta que sonreía satisfecha: -La vida es el recorrido de un camino que cada uno elige -me dijo-. A veces acompañados y otras en soledad, vamos descubriendo lo que nos espera o confirmando lo que habíamos previsto, superando los obstáculos, redoblando el esfuerzo en las subidas y a veces padeciendo la tristeza de imprevistas caídas. Un viaje que es sólo de ida y que nadie sabe cuándo termina y dónde. Por eso, vivir no es llegar, sino seguir.

Vivir es avanzar con alegría, aprender, ayudar a quienes se rezagan y quizás dejar algunas señales de nuestro aprendizaje para los que lleguen después. La felicidad es sentirse satisfecho con el camino elegido y con la forma en que fuimos capaces de recorrerlo, a pesar de todas nuestras limitaciones. Jacques Lacan decía: “El camino de la satisfacción del sujeto siempre está entre murallas de imposibles”.



Jorge Bucay 

Tomado del Editorial de la Revista “Mente Sana”

lunes, 10 de marzo de 2014

EN BUSCA DE LA VERDAD PERDIDA por Jorge Bucay


EN BUSCA DE LA VERDAD PERDIDA
por 
Jorge Bucay


Aceptemos que no somos los dueños de la verdad. Es el primer paso en el camino del aprendizaje.

Escuchar debería servirnos sobre todo para aprender la parte del todo que todavía ignoramos. Nadie tiene el monopolio de la verdad, centrémonos en la necesidad de completarnos con la verdad de otros.

Esto conlleva, claro, una importante cuota de humildad, porque aprender siempre es un acto humilde.

Anclados a nuestra soberbia, nada puede sernos explicado. El que no se anima a bajar del pedestal de creer que se lo sabe todo, nada puede aprender de los demás a los que sin escuchar desprecia porque supone, o peor aún, decide, que nada pueden enseñarle.

El siguiente paso del camino es entonces aprender a aprender. Escuchar con humildad.

Saber lo que sabemos y lo que no sabemos y enriquecernos con el saber de otros.

Cuenta un viejo cuento tradicional que había una vez un hombre que buscaba la verdad. Le habían dicho que la verdad era una luz radiante, que iluminaba hasta el más oscuro de los rincones de la ignorancia.

El hombre buscó y buscó la tal luz y al no hallarla se apresuró a empezar a decir que la verdad no existía.

Una noche muy clara, cuando bajó a su aljibe por agua, vio en lo profundo el brillo de un círculo enorme reflejado en el fondo del pozo.

-Es la verdad -pensó-, existe y la tengo yo en el jardín de mi casa.
Henchido de orgullo y vanidad salió a gritar por el pueblo que tenía la verdad brillando en el fondo de su pozo de agua. Muchos se burlaron de él y el hombre los trató con desprecio.

Estos son como yo era -pensó-, no creen en la verdad porque nunca la han encontrado.

Otros simplemente no le creyeron.

Escépticos -les gritó-.

Y unos pocos le escucharon con atención y le dijeron que ellos también tenían la verdad en su aljibe.

Estos últimos lo irritaron un poco.

Pensó al principio que eran pobres ingenuos que creían tener  la verdad pero que no la tenían ciertamente; sin embargo después de ir a la casa de algunos, los más amigos, comprobó que la luz de sus pozos era por lo menos tan radiante como la del suyo. 

Hay muchas verdades -concluyó-. Cada uno tiene la propia y todas irradian su propio resplandor.

Un día al visitar el pozo para dejar que la verdad iluminara su rostro, miró en el fondo y no encontró el brillante círculo luminoso.

El no lo entendió en un primer momento pero el viento soplaba muy fuerte esa noche y el agua agitada dentro del pozo no llegaba a reflejar la luz de la luna que a pesar de todo brillaba radiante en el cielo. Pensó que la verdad lo había abandonado y se sintió triste y desesperanzado. En un retorno a lo divino alzó los ojos llorosos al cielo… y la vio.

Entonces comprendió. La luz de su aljibe no venía desde dentro. La suya y la de otros eran el reflejo de la luna en el firmamento espejada dentro de cada pozo. Reflejos que iluminan.

Así evoluciona nuestra relación con la verdad. Empezamos desconfiando de que alguna verdad exista. Antes o después descubrimos un pedacito de ella y nos enamoramos de nuestro descubrimiento. Nos creemos superiores y dotados, portadores de una verdad única e incuestionable.

Con el tiempo nos vemos obligados a aceptar que hay otros que también tienen su verdad; y después de intentar descalificarlos sin éxito, los incluimos en la lista de elegidos, que por supuesto integramos, la nómina de aquellos que encontramos la verdad.

Finalmente nos damos cuenta de que la verdad no es algo que alguien pueda poseer. Nos damos cuenta de que solamente podemos acceder al tibio reflejo de su luz y esto ni siquiera permanentemente. Encontramos por fin el lugar de la humildad del que sabe lo que no sabe y está decidido a aprender.

Aceptemos pues que nadie tiene la verdad, en todo caso poseemos, y por momentos, pequeños retazos de ella, reflejos de una verdad mayor que nos ilumina a todos.


Jorge Bucay